martes, 27 de septiembre de 2016

Los hombres, para Teresa Mancha.



Tenía miedo de aquel elemento que la rodeaba; los hombres. 

Porque su mundo había quedado reducido a esto: ella y los hombres. 

Pero no sentía miedo de los hombres porque esperase de ellos un ataque o emboscada, sino sólo de pensar en su misterio. 

Cuando los veía pasar, hablarse unos y otros mirándose rectamente, apoyarse en los hombros de sus amigos. 

Cuando oía sus voces y percibía aquel fluido que se comunicaban, hablando siempre de cosas altas, sagradas. 

De sus conversaciones trascendía un impulso heroico, brotaba un manantial de impulsos, un iris de posibilidades infinitamente combinables. 

Y, además, no eran dioses; eran cuerpos sensibles que podían temblar y padecer, que estaban sujetos a las lágrimas, a las flaquezas. Gracias a esto bajaban de sus cumbres en busca de la mujer, como los lobos bajan al valle 


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