El episodio en que Teresa identifica a Polonia con una rival femenina es sumamente interesante. El patrón educativo de Teresa hace que ese ideal superior que mueve a los hombre se simbolice en una mujer. Se siente excluída de un mundo en el que no puede participar por su condición femenina, por eso lo tiene que encuadrar en él único patrón de que dispone para percibir esa rivalidad.
Mención de Polonia,
abismo entre la preparación del hombre y de la mujer, entre los intereses que la diferente preparación suscita en uno y otra, y a los que la mujer debe intentar sobreponerse.
Teresa le atajó, fingiendo un acceso de cólera:
Teresa, sin embargo, comprende que este nombre encierra toda una altura de aspiraciones (la vida viril) de la cual ella tiene noción, pero que está fuera de sus posibilidades.
No porque ninguna prohibición expresa se lo impida, sino porque ella misma, los alcances de su mentalidad de fémina romántica, lo impiden.
Teresa lo codifica todo según los pobres parámetros del sistema de valores que su tiempo le ha brindado.
Ha sido criada en la sensibilidad femenina romántica, y cuando se encuentra ante algo que queda fuera de dicho programa, como la política, no tiene otro remedio que adaptarlo a él.
El resultado sería grotesco si no fuese porque Teresa –aquí reside su grandeza— es en todo momento consciente de lo que le sucede. Ella sabe que hay un ideal de grandeza que se le escapa, y esta conciencia demuestra una capacidad de percepción que salva al personaje, aunque para expresar ese ideal deba recurrir a ahormarlo en la pobreza de un discurso galante romántico.
Las aspiraciones que quedan fuera de su alcance, representadas en el nombre de Polonia, son como una mujer, una rival, más apta que ella:
sta experiencia es codificada en el único lenguaje que Teresa, mujer romántica, puede manejar con soltura inmediata: el de la rivalidad con otra mujer pero sabe que esa rivalidad no es una rivalidad común.
Sabemos que para Chacel el motor que rige todo lo humano es el eros, una especie de simpatía universal que poco tiene que ver con el amor romántico.
Teresa intuye ese eros superior, pero las limitaciones de su sensibilidad (como mujer romántica) únicamente le permiten encajarlo en ese esquema de amor heterosexual y rivalidades femeninas.
Este es el drama ideológico de Teresa, el drama de su pensamiento: su formación “femenina” –no su naturaleza femenina— la ha convertido en un ser humano más emotivo que cerebral, que solamente siente el eros en lugar de pensarlo (Glenn, “Conversación…” 17).
La manera en que Chacel utiliza el motivo de Polonia, los pensamientos que este nombre suscita en el ánimo de Teresa, es, además, una muestra de magistral dominio sobre las técnicas de emulación del inconsciente y la asociación de ideas.
Mención de Polonia,
abismo entre la preparación del hombre y de la mujer, entre los intereses que la diferente preparación suscita en uno y otra, y a los que la mujer debe intentar sobreponerse.
Teresa le atajó, fingiendo un acceso de cólera:
- ¿Te atreves a pronunciar delante de mí un nombre femenino?
- Pero, hija mía, no bromees: Polonia está sublevada.
- ¡No entiendo! Y, te lo repito, no te atrevas jamás a mentar en esta casa un nombre de mujer (OC 5 197).
Teresa, sin embargo, comprende que este nombre encierra toda una altura de aspiraciones (la vida viril) de la cual ella tiene noción, pero que está fuera de sus posibilidades.
No porque ninguna prohibición expresa se lo impida, sino porque ella misma, los alcances de su mentalidad de fémina romántica, lo impiden.
Teresa lo codifica todo según los pobres parámetros del sistema de valores que su tiempo le ha brindado.
Ha sido criada en la sensibilidad femenina romántica, y cuando se encuentra ante algo que queda fuera de dicho programa, como la política, no tiene otro remedio que adaptarlo a él.
El resultado sería grotesco si no fuese porque Teresa –aquí reside su grandeza— es en todo momento consciente de lo que le sucede. Ella sabe que hay un ideal de grandeza que se le escapa, y esta conciencia demuestra una capacidad de percepción que salva al personaje, aunque para expresar ese ideal deba recurrir a ahormarlo en la pobreza de un discurso galante romántico.
Las aspiraciones que quedan fuera de su alcance, representadas en el nombre de Polonia, son como una mujer, una rival, más apta que ella:
sta experiencia es codificada en el único lenguaje que Teresa, mujer romántica, puede manejar con soltura inmediata: el de la rivalidad con otra mujer pero sabe que esa rivalidad no es una rivalidad común.
Sabemos que para Chacel el motor que rige todo lo humano es el eros, una especie de simpatía universal que poco tiene que ver con el amor romántico.
Teresa intuye ese eros superior, pero las limitaciones de su sensibilidad (como mujer romántica) únicamente le permiten encajarlo en ese esquema de amor heterosexual y rivalidades femeninas.
Este es el drama ideológico de Teresa, el drama de su pensamiento: su formación “femenina” –no su naturaleza femenina— la ha convertido en un ser humano más emotivo que cerebral, que solamente siente el eros en lugar de pensarlo (Glenn, “Conversación…” 17).
La manera en que Chacel utiliza el motivo de Polonia, los pensamientos que este nombre suscita en el ánimo de Teresa, es, además, una muestra de magistral dominio sobre las técnicas de emulación del inconsciente y la asociación de ideas.
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